Ya no somos los mismos

Ya no somos los mismos

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Pablo le decía a los corintios: “Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo” (2 Cor. 5.17).

Cuando decimos que somos cristianos estamos diciendo que hemos nacido de nuevo, que la vieja naturaleza ha pasado y que ahora ya no somos los mismos. Esta unión no es posible por fuerzas humanas.

No es que seamos mejores que antes desde el punto de vista moral. Porque ciertamente hay muchas “buenas” personas que no son cristianas. Para ser amable, bien portado, ciudadano ejemplar no se necesita ser cristiano. Es más, eso no es esencialmente cristiano. He aquí una confusión: creemos que ser “nuevas personas” significa ser moralmente buenos. Así, una nueva persona sería aquella que antes hacía cosas condenables y ahora no. ¿Esto es lo que enseña la Escritura? ¿Pablo está diciendo que si somos “más buenos” que antes somos cristianos? ¿Vino Jesús a enseñarnos buenos modales?

No. Nuestro Maestro no vino a ser un gran filósofo o teórico de las “buenas maneras”. No vino tampoco esencialmente a hacer que los hombres dejaran sus vicios, sus maldades, sus errores. Ningún engaño más sutil que esto. O quizá sea una verdad a medias. Porque debemos fijarnos aquí en el orden. Pablo dice que el que está unido a Cristo es una nueva persona, no lo contrario.

En otras palabras, primero es la comunión con Jesucristo para, después, experimentar los cambios y la regeneración. En el siguiente versículo, el Apóstol escribe: “Todo esto es la obra de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el encargo de anunciar la reconciliación (2 Cor. 5.18; énfasis añadido)”. ¡La obra de Dios! Dios nos reconcilió y nuestra misión es anunciar la reconciliación. Que nadie se engañe: nosotros anunciamos la redención que viene sólo por medio de Jesucristo, Señor y Mesías.

El ser humano está enfermo de pecado, el hombre y la mujer pierden su sentido último cuando extravían su mirada y cuando su mente está puesta en este mundo. Pueden ser buenos, pueden actuar correcta y sanamente, pero sabemos que hay algo más que portarse bien. Y lo sabemos en el momento de enfrentar el dolor y la muerte: nuestro cuerpo humano es de este mundo. Por mucho que nos esforcemos, por mucho que luchemos, todos vamos a enfrentar esa realidad ineludible: la muerte. Pero justamente en eso es donde se demuestra la grandeza del mensaje de Jesús: las nuevas personas ya experimentaron una muerte (en el bautizo) y ahora les espera la vida eterna. La muerte nos santifica. Nos espera un lugar preparado por Jesús, nos espera otra realidad dominada por completo por el Padre al que Jesús llamaba Abba.

Sólo cuando comprendemos que los cristianos estamos redimidos, podemos decir: “soy una nueva persona”. No hemos nacido de nuevo por nuestra fuerza o por nuestros actos: nacimos de nuevo por gracia de Dios. Por eso Pablo decía que quien se enfrasca en las leyes religiosas no sólo se esclaviza sino que al final no se salva. Porque quien ha tenido un encuentro con Dios, quien ha sido encontrado por Jesús, quien sabe que el Espíritu es real, no se puede quedar quieto e indiferente. Con temor y temblor se acerca a su Redentor; quizá no repare en ello, pero ha sido perdonado. La vida adquiere un nuevo sentido, las viejas malas acciones se echan a la basura, las que se hacían bien se hacen ahora mejor porque se comprende que eso es fruto de un Espíritu que es el Señor mismo actuando en la vida personal. Sí: quien ha hecho a Jesús su Señor y Salvador no es igual que antes. No puede serlo.

El verdadero cristiano es una nueva persona. Nosotros ya lo experimentamos en nuestra conversión. Quizá los problemas de este mundo, los errores que cometemos, las caídas nos hagan olvidar esta verdad. Pero es entonces que debemos aferrarnos a la realidad que nos enseña la Escritura: que lo viejo pasó, que los que no son de Dios se preocupan por las cosas terrenales, que nosotros tenemos un defensor, que si decidimos hacerlo nuestro Maestro podemos vencer el mundo porque Él ya lo venció. En medio de los problemas o del dolor, los cristianos volteamos al Gólgota para saber que el camino de Jesús conduce ahí, a ese lugar de muerte, pero que también conduce a una tumba vacía: ¡Cristo vive! Y si nosotros somos sus seguidores, también vivimos. Esto es el poder de Dios.

Hay que anunciar constantemente esto. Hay que utilizar nuestros cambios sólo como señal de que Dios existe. Pero cuidemos de no voltear el mensaje. Jesús anunció el Evangelio y después realizó milagros. El poder divino se veía ejemplificado en esas señales milagrosas. De la misma manera, anunciemos el Evangelio de la reconciliación y luego todo lo que éste ha hecho en nuestra vida. El evangelismo tiene dos caras inseparables: la de las palabras y la de los hechos. Cuando decimos que creemos en un Dios poderoso y después ponemos nuestra vida como testimonio de ese mensaje, lo que resulta es un evangelio vivo.

Seguimos viviendo de promesas. Pero por lo menos una ya se cumplió. El cristiano sabe que la promesa de una vida mejor empieza en este mundo pero no concluye aquí. Desdichado aquel cristiano que se aferre a la felicidad de este mundo. La promesa de redención, esa que Joel e Isaías predicaron, se ha hecho ya una realidad. Jesús en la cruz es la muestra más elevada del amor, la fidelidad y el poder de Dios. Es por ese Dios y sólo por Él, que ahora ya no somos los mismos.

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